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Suegros de sus nietos, tíos de sus hijos. Un reportaje de: Mario Mercuri y Vanesa Robles
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| El pueblo de Santa Rosalía entreteje en su historia la de una familia, los Pelayo, que desde hace generaciones se casan sólo entre ellos, en un pueblo donde todos son parientes entre sí. Reportaje premiado con el IX Premio Fernando Benítez de Periodismo Cultural.
Mario Mecuri y Vanesa Robles* De 91 años, pero firme al hablar y caminar, Moisés Pelayo es el típico habitante de Santa Rosalía. Es yerno de su hermano |
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y padre de sus sobrinos nietos; su madre es suegra de su nieta, y sus hermanos son abuelos de sus hijos. Suena complicado, pero no lo es en Santa Rosalía. Al contrario, además de sencillo es lo natural para sus habitantes. Moisés Pelayo está casado con su sobrina en un pueblo en el que todos son parientes entre sí. “Yo soy Pelayo ocho veces. Por parte de mi papá, mi abuelo era José Pelayo y mi abuela Petra Pelayo. Por parte de mi mamá el abuelo se llamaba Juan Pelayo y su mujer Expectación Pelayo. Mi mamá se llamaba Petra Pelayo y mi papá Ignacio Pelayo. Mi papá era tío de mi mamá; yo soy tío de mi vieja, Raquel Pelayo Pelayo”, explica don Moisés, con naturalidad de campesino que muestra cómo se siembran la semillas. Siempre la misma semilla, siempre en la misma tierra. |
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| ¿Por aquí se llega a Santa Rosalía?
El arriero se detiene; sus dos asnos, también. Los tres parecen estar pensando la respuesta. -Santa Rosalía.... el pueblo de los Pelayo. La pregunta ahora está mucho más clara. -Sí. Todo derecho… siga el camino… al filo… al filo...." Al filo está Santa Rosalía, delegación del municipio de Ayutla, en Jalisco. Desde el camino, un manchón blanco se destaca sobre otras manchas más pequeñas, azules y rosas. Es la iglesia, que domina el apretado tejido de casas del pueblo |
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| Cuatro calles hasta chocar con la ladera de la montaña; tres calles que terminan en el río. Cruzándolo, está el cementerio. Coincidencia preñada de símbolo, desde el cementerio ya no hay a dónde ir. Allí termina Santa Rosalía. Es la una de la tarde, y las calles de piedra bola están vacías. No se ven niños; tampoco hay jóvenes. Sólo un pueblo viejo, de 400 habitantes envejecidos. Tres de ellos beben cerveza, sentados en la banqueta alta. Las pisadas retumban en el suelo. Las viviendas engañan: dentro sólo quedan los fantasmas. Fuera, también. La propaganda del PRI, que ya no gobierna en el lugar. El letrero de la Conasupo, que dejó de existir hace tiempo ya. El anuncio de la feria, que transcurrió hace tres años. ¿Dónde están todos? Se fueron en los ochenta explica Guillermo Fajardo Pelayo, quien después de 20 años de vida en la ciudad de México, decidió regresar. ¿A dónde fueron? Al norte, a Guadalajara, a Tlaxcala. A la chingada. |
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| “Aquí no hay nada que hacer”, se resigna el delegado de Santa Rosalía, José Asunción. “¿De qué vivimos? De milagro. De los dólares que nos mandan”. Con un presente vacío y un futuro incierto, a Santa Rosalía sólo le queda su pasado. Un pasado que todos recuerdan con orgullo. La época de las minas. Los tiempos en los que la comunidad tenía dos mil habitantes, a principios del siglo XX, y hasta su pequeña guerra civil. Más que la historia de un pueblo, es la de una estirpe, una familia. La historia de los Pelayo. A Moisés, el viejo, se le hace agua la boca cuando repite lo que le contó su abuela paterna, Petra Pelayo. Comienza por el principio. A mediados del siglo XVIII. “Esto era la majada de los ‘Lobos’, una bola de bandidos que robaban haciendas y sepultaban el dinero y nadie les daba alcance. El virrey estaba harto, y un buen un día llamó a los jefes de armas de Unión de Tula, Colima y Nayarit. Miles de hombres sitiaron Unión de Tula, Cuautla, Villa Purificación; todos los pueblos cercanos. Llegaron a hacer un círculo tan estrecho, que entre uno y otro hombre no cabía un perro. Cuando a los ‘Lobos’ se les dieron aviso, ya no se pudieron hacer para ningún lado. Mataron a todos, hasta a los cabecillas, un tal Demetrio Jaures y Paulina Alicón, un forrazo”. |
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| ¿Y los Pelayo? Don Moisés no permite interrupciones. Es él quien tiene la historia. Es él quien interrumpe. En esos tiempos llegó Pedro Pelayo, de España, a pedir posesión de tierras, y compró la hacienda de San Luis, hoy Santa Rosalía, en 200 pesos. La historia oral transmitida por la abuela Petra difiere de la escrita, recopilada por otra Pelayo, Águeda, una investigadora de la Universidad de Guadalajara. En Santa Rosalía y Ayutla. Vida cotidiana 1780, 1925, libro escrito por Águeda, Pedro Pelayo no fue quien compró esas tierras, sino su nieto, Miguel. Y Miguel, lejos de ser un aventurero intrépido que llegó a poner orden en una tierra desordenada, fue un simple funcionario público con vocación de terrateniente, que murió en la miseria. De acuerdo con Águeda, don Pedro Gutiérrez de Saavedra y Pelayo era el nombre del padre de la dinastía, quien llegó a la población de Tecolotlán desde algún rincón de España, y en enero de 1713 era teniente alcalde mayor en Ameca. Su nieto, Miguel Villegas de Pelayo, quien escogió el más escueto “Miguel Pelayo”, llegó en 1776 a la tierra en la que dos años más tarde comenzaría Santa Rosalía. “Él fue el que hizo la familia”, coinciden las historias de la abuela Petra y las investigaciones de Águeda. “Después vino lo demás”. ¿Qué? Don Moisés, el viejo, y Guillermo, lo resumen así: “Los Pelayo se comenzaron a prestar a las damas”. Ése es el mito de Santa Rosalía. Los primeros querían conservar el apellido a como diera lugar; luego se hizo costumbre que primos y tíos se casaran entre ellos. Era difícil no hacerlo. No había caminos, ni medios para salir de ahí. Sólo había Pelayo. Han pasado los años, y llegado los caminos. Guadalajara dejó de estar a un día a caballo para acercarse a sólo tres horas en auto. Sin embargo, la tradición continúa. Guillermo explica: "Si hay que terminar manteniendo a una mujer, al menos que sea de la familia, ¿no cree?". “Juan Pelayo, originario y vecino de esta parroquia en Santa Rosalía, residiendo actualmente en el rancho Las Peruleras, de estado soltero, de 25 años… manifestando que: hace tiempo que tengo contraídos esponsales con María Rosario Pelayo, del mismo origen y vecindad, de estado célibe, de 17 años de edad, deseo llevar dicho contrato a puro y debido efecto. Mas como con la citada mi pretensa me hallo obligado por el triple impedimento de consanguinidad en cuarto grado igual… suplico se sirva practicar la correspondiente diligencia, impetrando de la Sagrada Mitra. La dispensa necesaria para el efecto intentado exponiendo las causas siguientes: que como la parentela de mi pretensa se halla muy ramificada, no sólo en el pequeñísimo rancho Las Peruleras, sino en todo el pueblo de Santa Rosalía, del todo difícil le sería a mi mencionada pretensa hallar novio para casarse con el cual estuviese ligada con más o menos parentesco. Que las relaciones íntimas que mi pretensa y yo hemos tenido, desde hace mucho tiempo, me han dado lugar a conocer perfectamente que ambos poseemos el mismo genio y carácter. Todo lo que me hace esperar, dicha, paz y felicidad en mi matrimonio. Manifiesto que desde que ya pensé seriamente en casarme, fijándome en mi pretensa, sólo en ella he podido descubrir prendas recomendables que no he hallado, en otras jóvenes de mi misma clase y condición. Finalmente, al ver que los padres de mi pretensa, los míos y toda nuestra parentela manifiestan mucho gusto y la mejor disposición por nuestro matrimonio, esto me hace comprender que también es del agrado de Dios”. Carta escrita en octubre de 1885 por Juan Pelayo para casarse con su prima María Rosario Pelayo. La boda se efectuó en enero de 1886. La carta es reproducida en el libro Santa Rosalía y Ayutla. Vida cotidiana 1780, 1925. ....Esta historia continuará en la próxima edición de El Molino. |
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