



| EL MILAGRO DE LOS DÓLARES | |||||
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Mike Lowry acaba de llegar. Una camioneta lo lleva hasta el centro del pueblo. Las estrechas calles chocan con las lujosas residencias estilo colonial mexicano, coronadas con enormes antenas parabólicas. Las camionetas último modelo apenas dejan sitio para alguna vieja troca. Los signos de prosperidad abundan. Los dólares de los hijos ausentes han dado un nuevo aspecto a un lugar que hasta fines de los sesenta no se distinguía del resto de las poblaciones de la región. Los hijos ausentes: la mitad de los 3 mil cuautlenses vive en Estados Unidos, principalmente en Seattle, Washington. Todos trabajan en alguno de los 300 restaurantes de comida mexicana allá establecidos. Pero hoy, penúltimo domingo de diciembre de 1997, están aquí y celebran su regreso con una semana de fiestas taurinas. Todo comienza con un gran banquete. Abundante birria y cerveza bajo una enramada en la plaza más importante. En las mesas principales, algunos de los restauranteros más poderosos de Seattle con sus familias. Y en medio de ellos, Lowry, quien dejó el cargo de gobernador en enero de 1997 y sonríe satisfecho. Un vendedor ambulante se acerca y ofrece un gabán de piel. Lowry pregunta el precio. Los anfitriones se adelantan y compran la prenda. El político estadunidense se lo pone de inmediato, a pesar del intenso calor del mediodía. Es como una reunión de viejos amigos. |
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Abajo, los peones preparan los toros de reparo. La charreada va a empezar. Mientras, Los Vasitos deleitan a los asistentes con música para cierto tipo especial de agricultores: ‘‘Yo tenía dos hectáreas, un día un amigo me dijo: Vamos saliendo de pobres y démosles otro uso, el que se mete al negocio, vive rodeado de lujos’’. En los lugares de los invitados especiales, los restauranteros y algunos políticos estadunidenses platican amigablemente con personajes que visten camisas de seda que llevan estampada la imagen de Jesús Malverde, el santo de los narcos. Los cinturones, piteados con figuras de ametralladoras cuernos de chivo, disipan cualquier duda sobre la actividad de sus portadores. Otra cara de Cuautla. El presidente municipal del pueblo, José Gregory Fernández Torres, de extracción panista, se cura en salud sin que medie pregunta: ``Sé que las cosas en este pueblo parecen raras, pero no lo son. Los que vienen de afuera luego piensan que las casas son producto del narco, pero no es así. Yo he estado en Seattle y todos ellos sí son restauranteros. Es dinero bien habido. Nada de lavado''. La charreada sigue hasta el anochecer. Los helicópteros no dejan nunca de ronronear. Cuidan el sueño americano en la seca sierra jalisciense. Los cuautlenses señalan hacia su vecino San Clemente para explicar cómo vivían apenas hace unos años. Y San Clemente es apenas un caserío atravesado por la carretera, con su presidencia municipal y su iglesia como edificios más ostentosos. Hasta fines de los sesenta, los habitantes de Cuautla, como los del resto de la zona, vivían de los productos de sus resecas tierras de temporal o de la migración. Hoy, antes de dejar la adolescencia, los muchachos del lugar comienzan a planear su viaje al otro lado. En su horizonte aparece más cercano Estados Unidos que Guadalajara. Las cuatro horas que median entre el pueblo y la capital jalisciense no animan a nadie. En cambio el norte... Una parte del rito es escuchar, todos los fines de año, ``a los que cruzaron''. Ellos transmiten las claves del viaje al norte. Cuando los escuchas crean tener la edad suficiente, emprenderán el camino, para regresar cada año y hacerse escuchar por otros jóvenes. Como todos los emigrantes de la región, los de Cuautla se iban a California. Pero un día todo cambió. Fue a fines de los sesenta, recuerdan algunos sin precisar la fecha. Lucy Lara, una maestra que se había ido años antes al país vecino, regresó al pueblo y trajo buenas nuevas. En California se casó con un español, con quien se fue a vivir a la frontera con Canadá. En Seattle, Washington, puso un restaurante de comida mexicana: el Guadalajara Café. ``El lugar estaba chiquito pero lleno de gente'', recuerda Andrés Cárdenas, uno de sus primeros ayudantes. Al poco tiempo, la familia y los amigos que Lucy se llevó fueron insuficientes para atender el negocio. Regresó por más gente. Así comenzó el éxodo. En los ochenta llegó el boom de la ``comida mexicana para americanos'' en el estado de Washington. Los restauranteros llaman de esa manera a un nuevo género culinario que mezcla condimentos mexicanos y estadounidenses. ``Hay que mixtearla para que les guste a los gringos'', justifican. Los restaurantes de los cuautlenses se multiplicaron. ``Los hermanos o los amigos le dicen a uno: `Ya te ayudé de cocinero, de mesero, de gerente. Ahora, vamos abriendo un negocio'. Entonces uno los ayuda a poner su restaurante y así se ha creado la pirámide. Ahora no sólo estamos en Washington sino que hemos crecido a Idaho y Oregon'', explica Ted Rodríguez, dueño de ocho negocios en Seattle, con ventas que rebasan los 10 millones de dólares anuales. Al principio, toda la cuota de trabajadores extranjeros que permite la legislación estadounidense era cubierta por los habitantes de Cuautla. ``Uno los conoce de toda la vida y les tiene confianza. Sabe que son gente derecha. Sabe quiénes son sus padres, sus hermanos. Pero ya no son suficientes. Hemos ido incorporando personal de otros pueblos de la región como Ayutla, Mascota o Talpa. Últimamente, hasta gente de Nayarit y Michoacán contratamos'', comenta el restaurantero. Pepe Flores considera que su éxito y el de sus paisanos se debe a que conocen el negocio desde sus bases. ``La mayoría hemos comenzado desde lavaplatos. Sabemos todos los secretos de un restaurante. Además, somos gente de trabajo, no le sacamos a jornadas de 16 horas al día''. Sabe de lo que habla. Llegó a Seattle ganando 120 dólares a la semana como lavaplatos y recorrió todo el escalafón hasta convertirse en propietario. Actualmente tiene 31 restaurantes en Washington y Oregon, con ventas anuales de 45 millones de dólares. Andrés Cárdenas e Isabel Morán se incorporan a la plática. El primero posee 11 restaurantes, el segundo, ``sólo dos''. Relatan historias similares. Sus pasados de talabarteros, de albañiles, de paleteros. Y sus vidas de hoy con ganancias de miles, millones de dólares. Los cuautlenses parecen haber encontrado su potosí miles de kilómetros al norte. Andrés Cárdenas resume el sentir de esta gente: ``Mi corazón está aquí, en Cuautla, pero los centavitos están allá''. |
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Reportaje: María Rivera/ fotos: Chiquillo2K.
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